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Y la casa, sin barrer
7 de octubre de 2021

Formo parte de un colectivo – Marbella Activa – y de un partido político -Impulsa Ciudad – que llevan tiempo trabajando, con sus luces y sus sombras, por una ciudad más amable, más verde y con un alma donde quepamos todos, defendiendo cada cual su punto de vista, pero sin este espíritu guerracivilista que  preside nuestras relaciones políticas y que ya contamina nuestras relaciones sociales. Aspiramos a ser una herramienta que haga posible la salvaguarda de nuestros valores patrimoniales y medioambientales, ayude a profundizar en temas de justicia social poniéndose del lado de los más vulnerables y colabore en la forja de esa ciudad más habitable. Siempre  estamos dispuestos a colaborar con  cualquier proyecto que suponga un bien para nuestra ciudad, venga de donde venga: lo que importa es que se haga y no quien lo haga. Es más, habría que buscar siempre la colaboración de todos los sectores implicados y dejar a un lado el medalleo, el autobombo y la rivalidad: no todo lo que hace el otro es malo. Ya sé que nunca habrá nada del total gusto de todos, pero podemos esforzarnos en acercar posturas.

         Estoy convencido de que la mayoría de los partidos que nos representan suscriben todo lo que acabo de decir y, sin embargo, somos incapaces de pactar, de llegar a acuerdos y terminamos enfrentándonos y haciendo ver a los de nuestra parroquia lo perversos que son los otros, la maldad que esconden y la ruina que supone que nos lleguen a gobernar. ¿Acaso no veis que esto es fascismo puro? ¿Acaso no veis que todo esto nos llevará a una dictadura comunista? Ah, pues menos mal que os habéis dado cuenta vosotros, porque yo no lo veía mal. Es más, siempre pensé que era algo necesario para este pueblo…

         Y, entre pitos y zarandajas, la casa se nos va quedando sin barrer. Todo se mide en cuestión de los votos que puede aportar y nadie se atreve a pagar el precio político que supondrían determinadas medidas necesarias, pero que pueden resultar impopulares a corto plazo. Pienso que todo sería más fácil si aprendiésemos a pactar y soltáramos las amarras de esa cohorte de favorecidos, de esa red clientelar que nos termina encadenando: aunque ganemos, todos salimos perdiendo.

         A todos nos gustaría que nuestro hijos pudiesen ir andando al colegio y que lo hicieran por un camino seguro, sin el ruido y la tensión del tráfico diario; pero eso supondría la forja de una ciudad distinta y de una sociedad distinta. Por lo pronto sería necesario un plan urbanístico que diera prioridad al bienestar de la población por encima de  los intereses económicos y, también, una sociedad que entendiera que más que buscar la diferencia que le otorga el dinero en un centro distinto, trabajara por hacer de la escuela de su barrio, la mejor de las escuelas. Y esto no tiene que ver con fascismos ni con comunismos, ni con izquierdas ni derechas: solo es asunto de seres humanos que quieren aprender a convivir y a disfrutar con los seres humanos que les rodean, aún sabiendo lo diversos que somos y siendo conscientes de que esa diversidad es una auténtica riqueza.

         A todos nos gustaría contar con una red de funcionarios municipales menos sobrecargada y más eficiente; pero eso no será posible mientras siga sirviendo para pagar determinados favores electorales a esa red clientelar a la que antes aludía. Mientras sigan las cosas como están, seguiremos encontrando la desmotivación de los que sí tienen plena conciencia de ser servidores públicos y buscan ser eficientes evaluando su trabajo. En una situación como la actual es muy difícil no perder la motivación cuando ves que no se premia precisamente la honradez y el respeto a la legalidad ni la valía personal; cuando ves, además, que la mayoría de las políticas acordadas se quedan en cortinas de humo que van recorriendo periódicamente las redes sociales para dar la impresión de que se hacen muchas cosas; cuando ves que cambian los partidos y la casa sigue sin barrer.

         A todos nos gustaría fortalecer nuestro debilitado espíritu comunitario. Estamos ya muy cansados del acoso escolar, de las personas que no respetan el descanso de los demás queriendo mostrar la potencia de los altavoces de sus coches, del vandalismo que tan caro nos sale, de la falta de amabilidad…pero eso no será posible mientras sigamos manteniendo en un pedestal a esos jóvenes que solo se creen sujetos de derecho y no de obligaciones y mientras el sistema educativo se base en la competencia y no en el trabajo colaborativo. Afortunadamente hay signos de cambio y otra juventud que se entrega en la mejora de nuestras condiciones de vida con un altísimo espíritu comunitario.  También necesitaríamos unas asociaciones de barrio capaces de extender ese espíritu y de potenciar los elementos básicos para favorecer la convivencia: biblioteca, zonas ajardinadas, parques infantiles, sala de usos múltiples, zona deportiva…Con paciencia, colaboración y sentido común todo se puede conseguir.

         A todos nos gustaría contar con el dinamismo cultural que observamos en otras ciudades,pero aquí llevamos ya muchos años con un mínimo cultural que se circunscribe al teatro, al Museo del Grabado y a los ciclos de conferencias. La cultura no es cosa solo de reuniones de intelectuales. La cultura hay que llevarla a los barrios, a los centros educativos, a las asociaciones de vecinos, a los centros juveniles (si los tuviéramos), a los parques y a las plazas. La cultura necesita inversiones en infraestructuras (centros juveniles, bibliotecas,asociaciones de todo tipo, museos interactivos…) y en colectivos (banda de música,animadores culturales, artistas de todo tipo) y necesita un plan que parta de la convicción  de que debe ser un atractivo turístico de primer orden (no basta ya con sol y playa). Afortunadamente está creciendo la sensibilidad en pro de la cultura y de la defensa del medio ambiente y contamos con grupos muy activos que luchan por la defensa de sus convicciones. Solo falta la sensibilidad política para alentar esos esfuerzos. Llegará, la política no tiene más remedio que acercarse a este clamor.

         A todos nos gustaría que el alma de esta ciudad nos fuese reconocible. “Esta es una ciudad de aluvión a partir de los sesenta “(Paco Moreno). Aquí hemos llegado gentes de todo el mundo atraídos por su pujante vida económica, gracias al desarrollo turístico, y hemos ido encajando buscándonos nuestro espacio. Conforme crecían nuestras relaciones sociales, nos fuimos acercando al alma diluida de esta ciudad por efectos de esa avalancha. Parecía que todo era lujo, riqueza y disfrute y que no había mucho más, hasta que fuimos acercándonos al pueblo de origen y asociaciones como Cilniana o Marbella Activa nos fueron haciendo conscientes de su historia milenaria, fácilmente reconocible en su casco antiguo y en su pasado minero y agroindustrial. Hoy las nuevas generaciones empiezan a mostrar interés por su ciudad y habría que hacer un esfuerzo especial para poder acercarnos a todos a la comprensión de nuestra riqueza patrimonial: urge un museo de nuestra memoria colectiva.

         A todos nos gustaría que nuestros jóvenes pudieran encontrar por la zona un empleo de calidad y no tuvieran que buscarlo más allá de nuestras fronteras, con el coste emocional y el despilfarro económico que eso supone. A todos nos gustaría, además, que pudiesen acceder a la vivienda y forjar una vida independiente como hicimos los de las generaciones anteriores. A todos nos gustaría, pero no vamos en esa dirección: apenas hay mercado laboral y el poco que ofrecemos es precario, de baja calidad, y el acceso a la vivienda cada vez es más difícil por el fenómeno de turistificación al que estamos sometidos y que va poniendo la vivienda en manos de grupos de inversión poderosos con los que es difícil competir. En estas condiciones, es difícil formar una familia.  No es de extrañar la desafección hacia la clase política que presentan los jóvenes: saben que sus problemas reales no les importan a los grupos políticos que conforman nuestro ayuntamiento y, sin embargo, pese al desapego político, se muestran comprometidos socialmente y se consideran, con razón, agentes de cambio.

         A todos nos gustaría poder participar en la construcción del futuro de nuestra ciudad; pero nos hacen ver que eso solo es posible para los “entendidos” de los partidos poderosos que ya acumulan “capacidad de gestión” y nos amenazan con la pérdida de empleo que supondría limitar la acción de los inversores. Es más, nos venden que, sin ellos, esto sería un caos. Nos ocultan el dato de que este ayuntamiento, como los demás, cuenta con funcionarios capaces de orientarnos y de hacer que la ciudad siga funcionando, pese a los políticos de turno y los excesivos directores generales que, a veces, no hacen más que complicarles su tarea. Y no es así. Afortunadamente esta ciudad cuenta con ciudadanos capaces de defenderla para que los límites no se excedan, presentando las correspondientes denuncias. Y todos, con un poquito de esfuerzo, podemos visibilizar lo que no funciona y soñar con lo que sería necesario para nuestro entorno inmediato.

         A todos nos gustaría que fuesen llegando a nuestro Ayuntamiento políticos nuevos, políticos de esos que no ven en el poder la meta y que no hacen todo lo que sea necesario (sea ético o no) para conservarlo, sino de los que ven en el poder solo la herramienta para poder llevar a cabo las transformaciones necesarias, políticos de los que cumplen el contrato que hacen con los ciudadanos y que no pierden su tiempo en cuestiones banales y en ejercicios de oratoria e ingenio para ver quien la tiene más larga. No es tiempo para la frivolidad: hay problemas pendientes de resolución en los que nos estamos jugando nuestro futuro comunitario. A todos nos gustaría, pero no vamos en esa dirección: seguimos colocando en nuestro Ayuntamiento a los políticos de siempre, a los que piensan que la política es un espectáculo y siguen crispando y polarizando en vez de resolver los problemas.¿Y qué hacemos nosotros? La mayoría sigue participando del espectáculo de los suyos y un grupo, cada vez más numeroso, se abstiene de participar, dolidos por esta lamentable situación a la que no ven término posible.

         A todos nos gustaría y, sin embargo, nuestra casa sigue sin barrer. Y todos somos corresponsables de esta situación. No podemos seguir ignorando que apoyamos al gilismo masivamente: hay que asumir ya los errores cometidos y volver al camino de la buena política, seas del partido que seas, al camino de la ética y la honestidad, a la defensa de tus convicciones dentro de los valores democráticos que nacieron para ayudarnos a convivir, a aceptar que, aún siendo tan distintos, todos somos valiosos para esta ciudad. No construyamos guetos ni fabriquemos murallas invisibles, pero sólidas, para desarrollar esta aporofobia que apenas disimulamos. Ya no bastan los discursos sociales ni los golpes de pecho ni el limosneo: es problema solo de justicia social y de dignidad. Hora es ya de volver con la lección aprendida: sabiendo lo que hemos de exigir a nuestros representantes. Es hora ya de que la política recupere la dignidad dañada y en gran parte perdida.

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